
Joder…
Eso es lo que dije la primera vez que entré en el Telefunken allá por el año 2000. Nadie me acompañaba, pero era uno de esos garitos a los que podías acudir solo. Sonará a típico lo de “buena música, buena gente”. Tal vez hoy sea demasiado tarde para empezar a valorar algo tan sencillo. Un proyecto que duró una década. Todavía recuerdo la primera web de House Café con aquellos cocineros y sus libros de recetas musicales. Y es que eso es lo que se cocinaba allí: música de baile; “deeper sound, with a deeper meaning” que dice Steven Garcia.
Telefunken no era un garito, sino una puerta grande desde la que se construyó el puente aéreo más importante de nuestro país: La Coruña/Nueva York. Si ustedes han bailado house de verdad a principios de la primera década de este siglo, hay muchas probabilidades de que ya hubiese sonado en el Telefunken. Allí no crecían dj’s, sino cazadores de tendencias, monstruos devoradores de vinilos, trotamundos con maletas de discos deseando engordar. Y así es como hoy en día una sesión de cualquiera de aquellos artistas es causa y efecto de sonrisa, algo que algunos mayores agradecemos a estas alturas de la vida.
Los 90 fueron la cuna de nuestra música como la entendíamos en la pista de baile. Es cierto que los 70 son los abuelos, y los 80 nuestros padres. Pero los 90 son nuestra Real Academia de la Música y, fruto de todo ello nació House Café y el pequeño gran garito mejor vestido del noroeste ibérico.
A veces la palabra es excesiva. Es suficiente con decir que allí aprendimos a escuchar música, a vivir la música, a bailar la música, a tocar la música. A amar… la música.
Yo estuve allí. Telefunken: 2000-2010. God Bless House Music.
Texto por Jake Jack
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